Fue cuando el canto de su garganta se desgarró, cuando sus huesos besaron el vacío de su piel, sus ojos se abandonaron al cielo, posados, cansados en un grisáceo colchón de piel, sus labios estaban tensos, su sonrisa forjada por nervios incontrolados, no percibía el mundo, no percataba sus parpados, sus dedos estaban entregados al persistente movimiento, rápidos y al límite de casi zafarse, sus uñas manchaban las sabanas, un rojo terso y despampanante que entre gritos ahogados se oscurecían junto a sus esperanzas, los tintineos de sus huesos eran la melodía cuerda de aquel sentimiento, su columna se arqueaba, parte de su cara quería estallar, su cráneo no quería pertenecer a aquel cuerpo, y sus intentos por escapar se encontraban frustrados, escalofríos le bañaban cual balde de agua fría, espasmos intercalados, dominios olvidados, todo se congeló junto a su voz, ella seguía frente a él, él seguía mirando sus labios.
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